Homenaje al Servicio Diplomático del Perú realizada por la Benemérita Sociedad Fundadores de la Independencia

Sesión solemne en homenaje al Servicio Diplomático del Perú realizada por la Benemérita Sociedad Fundadores de la Independencia, Vencedores el 2 de mayo de 1866 y Defensores Calificados de la Patria

Por Eduardo Salcedo Peñarrieta
Ministro en el Servicio Diplomático de la Republica.

Señor General de División Carlos Tafur Ganoza
Presidente de la Benemérita Sociedad
Fundadores de la Independencia, Vencedores el 2 de mayo de 1866 y Defensores Calificados de la Patria

Estimados colegas del Servicio Diplomático de la República
Damas y Caballeros:

Como inexorable obligación, no solo de cortesía sino también ética, cumplo en primer lugar en manifestar mi reconocimiento al Señor General de División Carlos Tafur Ganoza por la oportunidad de participar en el homenaje que se brinda, en Sesión Solemne y por primera vez en su historia, al Servicio Diplomático de la República, ocasión en la que además se incorpora su Estandarte a los emblemas que se custodian en este Recinto.

 

Este hecho, por demás oportuno pocos años antes de conmemorarse el Bicentenario de nuestra Independencia, incorpora simbólicamente a nuestro Servicio en la justa serie de homenajes que la Benemérita brinda todos los años a diversas instituciones tutelares del Perú. Queremos en estas breves palabras explicar por qué la Diplomacia Peruana es de hecho una institución fundacional de nuestro Estado y además una carrera pública cuya discreción conlleva muchas veces una escasa comprensión de su desempeño y de sus muchos logros en favor de la Patria.

 

Una dicotomía ha caracterizado la historia de la Humanidad, desde la conciencia de la propia individualidad y los intereses contradictorios con otros individuos. Dicha dicotomía acompañó la constitución de los grupos organizados y, más adelante, de la entidad Estatal.

 

Esta dicotomía se produce, por un lado, por la conciencia que el logro de los intereses de una comunidad supone muchas veces que otra comunidad no los alcance. Al mismo tiempo, la propia naturaleza gregaria del ser humano implica la necesidad de ciertas interacciones para el mejor logro de intereses, o sea, la supervivencia, el alimento, el progreso o grados diferentes de poder, político o económico.

 

Esta dicotomía, conflicto y cooperación, teje al mismo tiempo una compleja red de interrelaciones que podríamos definir como negociación. En el ámbito de las relaciones internacionales la función diplomática es la gestora por excelencia de esta relación humana cuya versión opuesta es la guerra.

 

De hecho, la diplomacia ha acompañado la formación del sistema internacional, desde las representaciones de los primeros reinos e imperios hasta la evolución acelerada que tuvo el sistema a partir de la Paz de Westfalia de 1648 y la formación del Estado moderno.

Diferentes crisis, Napoleón, la Primera y la Segunda Guerra Mundiales, la Guerra Fría, la multipolaridad de la pos guerra fría y las nuevas realidades que enfrentamos desde el 11 de setiembre de 2001, tuvieron correlatos diplomáticos: el Congreso de Viena, la Liga de Naciones, las Naciones Unidas, los acuerdos de desnuclearización, la coalición antiterrorista internacional.

Vemos así que la diplomacia es consustancial a la naturaleza de las relaciones internacionales, tal como la negociación lo es a la, naturaleza humana. En ambos casos, orientada a defender los intereses propios, sin recurrir a la fuerza, pero sin dejar de lado el ejercicio del poder, la defensa del Estado y la Nación.

La diplomacia como concepto tiene un uso algo difundido. No solo se entiende con su carácter instrumental como arte y ciencia de la representación entre Estados sino también como la carrera o profesión del diplomático. También se usa la palabra diplomacia para referirse a la representación de un Estado en su conjunto o incluso a la Política Exterior de un país.

Por ello, resulta necesaria una definición conceptual, entre Relaciones Internacionales o Política Internacional, Política Exterior y Diplomacia, términos muchas veces usados indistintamente a pesar de tener cada uno un contenido propio.

En efecto, una definición de compromiso entre la Ciencia Política y la Sociología ubica a la Política Internacional y las Relaciones Internacionales como sinónimos para el estudio de los fenómenos políticos internacionales y las relaciones entre Estados y demás actores del sistema internacional.

Por otro lado, definido así el espacio o el océano donde navega el actor internacional (en este caso el Estado) la Política Exterior es el conjunto de acciones que realiza un Estado hacia otros Estados y demás actores del sistema internacional. Es, dicho de otro modo, la dirección hacia la que navegamos en el océano de las relaciones internacionales. Esta Política Exterior tiene elementos medulares: el Interés nacional, los Objetivos de política exterior, los Medios para alcanzar dichos objetivos y el Contexto interno y externo en el que deberá desempeñarse.

La Diplomacia es, entonces, instrumental. Es uno de los medios de política exterior que utiliza el Estado para efectuar sus acciones externas, concretamente a nivel de gobierno a gobierno. Los distinguidos Embajadores y tratadistas Hubert Wieland y Luis Solari nos recuerdan que esta definición es producto de una larga evolución, desde la época antigua, orientada a la supervivencia básica de la tribu, hasta las reflexiones de Confucio sobre la necesidad de una asociación internacional. De las Leyes de Manu en la India que  regulaban la  función de los enviados hasta los heraldos, presbeis y autocrates de las ciudades-estado griegas cuando se ubica la práctica del Diploma, una tablilla o pergamino plegado que contenía una formulación en la cual el soberano acreditaba y otorgaba carácter sagrado a su enviado.

La diplomacia continúa su evolución histórica con los fetiali, legati y oratores, funcionarios a los que se asigna viáticos y privilegios necesarios para el ejercicio de sus funciones. En el Imperio Bizantino, heredero, de Roma, se señala la necesidad que sus enviados tengan una capacidad de observación certera, así como que se su desempeño siga un protocolo y no esté ajeno a una cierta ostentación, no por el sensual ejercicio de la autocomplacencia sino para representar el poder y prestigio del Reino que lo envía.

La diplomacia moderna encuentra sin duda su apoteosis en las ciudades italianas pre renacentistas cuando aparecen instituciones que hasta hoy se conservan: la discreción, el relevo, el reporte, la rendición de cuentas, el informe periódico.

En la ya mencionada paz de Westfalia la diplomacia se consolida como la vía de comunicación entre los Estados modernos y en el Siglo XIX alcanza su conceptualización como un cuerpo profesional.

Para terminar con este marco conceptual, evoquemos a Harold Nicholson quien nos recuerda que la diplomacia no es necesariamente para todos, enumera ciertas cualidades que debe presentar el diplomático: Entereza moral (o veracidad), Precisión (o certeza intelectual y moral), Calma (prudencia por encima de audacia), Buen temperamento (moderación y sutileza), Paciencia, Modestia y Lealtad (con el Estado que lo envía, el que lo recibe, con sus colegas y con sus ciudadanos). Wieland se refiere también a habilidades como la de combinar firmeza con ductilidad, capacidad de análisis, capacidades negociadoras, conocimiento profundo de su país y un “acendrado sentimiento de filiación nacional”.

En este marco global es momento ya de referirnos a la génesis del Servicio Diplomático Peruano. Éste se remonta al propio nacimiento del Perú como república independiente.

En efecto, el 3 de agosto de 1821, solo 6 días después  de la proclamación de la Independencia, el Protector José de San Martín dictó la creación de tres Secretarías de Estado, la así llamada de Estado y Relaciones Exteriores, encabezada por Juan García del Río; la de Guerra, por Bernardo Monteagudo; y, la de Hacienda, por Hipólito Unanue.

Es así que, dentro de las instancias fundacionales de todo Estado, la proyección externa, la seguridad y la administración, la actividad diplomática peruana apareció visiblemente ubicada en los albores de la Patria Nueva. Por decirlo de otro modo, el Perú independiente nace con instituciones tutelares que ejercen la fortaleza de nuestros soldados y la sutileza de nuestros diplomáticos.

No solo ello. Al dictarse la organización interna de las indicadas Secretarías de Estado, se incluía al Oficial Mayor, quien, en el caso de la Secretaría de Estado de Relaciones Exteriores, por el orden de su creación, resultó ser el funcionario de carrera más antiguo del Estado peruano, honor recaído entonces en Francisco Javier Mariátegui y heredado por los sucesivos Viceministros de Relaciones Exteriores, igualmente Jefes del Servicio Diplomático.

Aunque el Servicio Diplomático Peruano se constituye de hecho y exhibe una intensa actividad para el posicionamiento internacional de la joven República, adquirió su institucionalidad en el Gobierno de Ramón Castilla, el 31 de julio de 1846, con la promulgación de los decretos de organización del Servicio Diplomático y remuneraciones, uniforme e ingreso en  la carrera.

Este corpus legislativo, convertido en Ley en 1853, le otorgó al Servicio Diplomático de la República su merecida institucionalidad, constituyéndose la denominada Lista Diplomática con diversas categorías desde Enviados Extraordinarios y Ministros Plenipotenciarios, hasta Agregados de Legación y Jóvenes de Lenguas. Asimismo, se estableció la Lista Consular que incluía desde Cónsules Generales hasta Vice-Cancilleres.  Véase cómo la norma ya apuntaba a la necesaria especialización de la función diplomática, definida en los requisitos para el ingreso: tener más de 18 años, buena letra y esmerada ortografía, haber cursado diversos estudios y ser versado en uno o más idiomas, considerando indispensable al francés, lingua franca de la diplomacia de entonces.

Igualmente, la profesionalización se remarcaba en la existencia de los mencionados requisitos de ingreso, la obligación de cursar estudios mientras se hallaban en el exterior y un sistema de ascensos. Más adelante, en 1861, otra Ley declaró como carrera pública la ejercida por los funcionarios diplomáticos y consulares.

Diversos instrumentos legales a lo largo del siglo XIX fueron estableciendo aspectos que añadieron estabilidad e institucionalidad a la carrera diplomática, como un rango de sueldos, tiempos de permanencia en el exterior, requisitos de estudios especializados, etc. Esta institucionalidad permitiría al Estado peruano destacar en su liderazgo regional primero con la convocatoria al Congreso Anfictiónico de Panamá de 1826; luego para definir una firme política continental contra la agresión neo imperialista contra México y Centroamérica; finalmente, para organizar exitosamente la defensa continental ante los intentos de reconquista de 1866 y argumentar ante las potencias de entonces la justicia de la causa de la defensa americana.

Esta institucionalidad sería fundamental también para  reactivar la presencia internacional del Perú, luego de la catástrofe de 1879, reabriendo sus misiones en el exterior y haciendo posible que el país ejerciera, iniciado el siglo XX, varias  Misiones permanentes en América, Europa y Asia.

Un perfeccionamiento ulterior reforzaría el carácter del Servicio Diplomático de la República como carrera pública, estableciéndose más rigurosos requisitos para ingresar, la regulación de los ascensos, derechos y obligaciones de los funcionarios, la regulación de los cargos en Lima y el exterior. Sin embargo, una evolución cualitativa se daría  con la creación de la Academia Diplomática del Perú, por Decreto Supremo 310 de julio de 1953,refrendado por el entonces Canciller, Embajador Ricardo Rivera Schreiber, cuyo primer Director fue el eminente diplomático, jurista, legislador, tratadista, Embajador Alberto Ulloa Sotomayor cargo que asume poco tiempo después de la aprobación del Primer Reglamento de la Academia, contenido en El Decreto Supremo de agosto de 1955,refrendado por el doctor David Aguilar Cornejo.

La Academia Diplomática del Perú -cuya escolta presente nos honra esta noche- se establece así como centro de estudios superiores y especialización, luego como centro de formación de los aspirantes al Servicio Diplomático y –esto es muy importante subrayarlo- como única vía de ingreso al mismo. No olvidemos, sin embargo, que la Academia Diplomática es, igualmente, centro de capacitación en materia de Política Exterior para Jefes y Oficiales de las Fuerzas Armadas y Policiales.

A esto debemos agregar, igualmente, el carácter pionero del Servicio Diplomático en el empoderamiento femenino. En efecto, en marzo de 1946, nueve años antes de aprobarse el voto femenino, se inscribían las primeras damas en el Escalafón Diplomático: Isabel Egúsquiza Sarmiento, quien organizo el Servicio Consular y Rosina Vega Castro, organizó el Sistema de Comunicaciones y Seguridad Cablegrafica de Relaciones Exteriores

En 1973 el Perú tiene a su primera Embajadora, Carmela Aguilar Ayanz y muchas otras damas diplomáticas han ocupado y ocupan distinguidos puestos en Lima y el Exterior, sin olvidar a aquella  que dirigió la Academia Diplomática del Perú, es decir Liliana de Olarte de Torres Muga, primera y hasta ahora única mujer Directora, actualmente Embajadora del Perú en  la Republica Checa.

También debemos  afirmar que hasta las postrimerías del Siglo XX, la diplomática casada con colega y viceversa, no podía acceder al Servicio Exterior. Tenían que estar en Lima. Esta situación cambió gracias a una ley promovida por la Ministra en el Servicio e historiadora doctora Rosa Garibaldi de Mendoza. Ahora, dos cónyuges diplomáticos pueden laborar simultáneamente en el Exterior. Esa norma es afectuosamente denominada dentro del Ministerio como Ley Garibaldi.

Queda así definido el Servicio Diplomático de la República como carrera pública constituida por profesionales peruanos de nacimiento, graduados en la Academia Diplomática del Perú y especializados en la gestión de las relaciones internacionales que ejercen las funciones de representación, negociación, promoción y cautela de los intereses del Estado en el ámbito internacional, así como de asistencia y protección a los ciudadanos peruanos que se encuentran en el exterior.

Para ello, los funcionarios diplomáticos peruanos prestan funciones indistintamente en la Cancillería y en sus oficinas desconcentradas, así como en otras reparticiones del Estado.

En el exterior, los diplomáticos peruanos laboran en las embajadas, consulados o en las representaciones permanentes del Perú ante organismos internacionales, o en misiones especiales, en función de los objetivos de la política exterior del Perú.

No solo representamos al Estado y sus intereses, promovemos, protegemos y damos servicios a nuestros ciudadanos. Muchas veces somos los primeros en determinar y comunicar oportunidades o amenazas. Nos ha tocado trabajar hasta el último minuto para evitar una guerra o desde el primer instante para acabarla. Hemos consolidado en tratados perpetuos el perfil territorial de nuestra Patria y hemos negociado mecanismos de integración que aseguran su progreso.

En este quehacer, muchos nombres han destacado, como Raúl Porras Barrenechea, ilustre canciller y patricio panamericano; Víctor Andrés Belaúnde, Presidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas; Alberto Ulloa, uno de los grandes publicistas americanos; Javier Pérez de Cuéllar, dos veces Secretario General de las Naciones Unidas; Carlos García Bedoya, Luis Marchand Stens, Manuel Rodríguez Cuadros, Alfonso Arias Schreiber, Juan Miguel Bakula, Carlos Alzamora Traverso, entre muchos otros.

Respecto al Embajador Carlos García Bedoya, prematuramente fallecido en 1980, es pertinente subrayar que hace más de cuarenta años hizo un diseño sobre la Política Exterior del Perú, que continúa aplicándose en todos sus extremos. Su libro “Política Exterior del Perú. Teoría y Practica”, constituye indispensable fuente de consulta. No es de extrañar pues que Carlos García Bedoya fuera el primer titular de la que se denominaba Subsecretaria de Planeamiento de la Cancillería y gestor de lo que ahora en Relaciones Exteriores se conoce con el nombre de Diplomacia Pública.

 Más recientemente, se han sumado a esta ilustre dinastía, con su exitosa gestión, para afirmar nuestro dominio marítimo sobre más de 50 mil kilómetros cuadrados, los ex cancilleres Allan Wagner Tizón (además, destacado ex Ministro de Defensa), José Antonio García Belaúnde y Manuel Rodríguez Cuadros, junto con un equipo de funcionarios, militares y juristas.

Prestigiada por su historia, desde el origen mismo de la República, la diplomacia peruana no es por antigua menos vigente. Como nos señala José Antonio García Belaúnde, en su introducción a la obra de Hubert Wieland, “la diplomacia continúa siendo un eje central de la política de cualquier Estado. Si algo la caracteriza –continúa- es su demostrada capacidad de vivir acompasada a los tiempos”.

De este modo, el Servicio Diplomático de la República deberá continuar contribuyendo con la Visión institucional del Ministerio de RREE: “El Perú es una potencia regional emergente, cuya política exterior, sustentada en los valores democráticos y en el Derecho Internacional, lo ha convertido en un actor influyente de América Latina, con proyección a la región de la Cuenca del Pacífico, en el tratamiento de los principales temas de la Agenda Internacional”.

No solo ello, es importante mencionar también la profunda relación existente entre nuestro Servicio Diplomático y nuestras Fuerzas Armadas, que no es sino demostración que la proyección externa de un país se sostiene precisamente en dos instrumentos sólidos: su Política Exterior y su Política de Defensa. Una no se justifica sin la otra y es muy importante tener presente que no se puede sostener la idea que una pueda sustituir a la otra. Están destinadas al fracaso una diplomacia activa no sostenida por una solvente capacidad de defensa o una fuerte capacidad militar no sostenida por una proyección diplomática sólida.

Muchos ejemplos de esta interacción están a la vista. A la destacada presencia del embajador Allan Wagner como Ministro de Defensa y la participación de otros distinguidos colegas como viceministros o directores en esa cartera, sumamos las recordadas y respetadas gestiones de oficiales como el Vicealmirante Luis Edgardo Llosa G.P y el General de División Edgardo Mercado Jarrin como Cancilleres de la República.

Esta casa, nos inspira a  rememorar la acción patriótica del Servicio Diplomático y de la Sociedad Benemérita. Recordemos el radiante momento en que el Presidente Leguía entrega al Mariscal Cáceres el bastón de su rango, simbolizando la simbiosis entre la figura militar que encarnó la resistencia nacional y la figura civil cuya gestión diplomática logró, desde el infortunio de la derrota, quitar al adversario gran parte de sus disputadas conquistas.

Nuestra común historia nos mantiene unidos en este mundo cambiante. Ambas instituciones tutelares defendemos y servimos al Perú y a los peruanos. Por consiguiente la incorporación del Estandarte del Servicio Diplomático de la Republica constituye el merecido reconocimiento de lo que fuimos, somos y seremos:

Fundadores de la Independencia y Defensores Calificados de la Patria.

Muchas gracias por vuestra amable atención.

 

 

Lunes 7 de agosto del 2017