Ceremonia del Cuadragésimo Aniversario de la Promoción "Alberto Ulloa Sotomayor"

Ceremonia del Cuadragésimo Aniversario de la Promoción "Alberto Ulloa Sotomayor"

El día miércoles 10 de enero se realizó una breve ceremonia, en la Academia Diplomática, con ocasión del cuadragésimo aniversario de la promoción “Alberto Ulloa Sotomayor”, en la cual fue develada una placa conmemorativa, en presencia de cinco de sus integrantes, los Embajadores Claudio de la Puente ex Viceministro de Relaciones Exteriores, María Landaveri, María Cecilia Rozas, Liliam Ballón de Amézaga y el Ministro Tulio Mundaca, así como de  los Embajadores Luis Maquiavello y Rosa Esther Silva, y la Dra. Cecilia Pastor de Marchand, quienes fueron sus profesores durante sus estudios en la Academia.

La ceremonia contó, asimismo, con la presencia del Director de la Academia Diplomática, Embajador Allan Wagner y de los funcionarios miembros de la planta orgánica de la Academia. En esta ocasión, el ex Viceministro de Relaciones Exteriores, Embajador Claudio de la Puente, brindó un discurso a los presentes que se reproduce a continuación:

 

PALABRAS DEL EMBAJADOR CLAUDIO DE LA PUENTE RIBEYRO EN LA CEREMONIA

POR EL CUADRAGESIMO ANIVERSARIO DE LA PROMOCION DE LA ACADEMIA DIPLOMATICA,

ALBERTO ULLOA SOTOMAYOR

ACADEMIA DIPLOMATICA DEL PERU, 10 DE ENERO DE 2018

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SEÑOR EMBAJADOR ALLAN WAGER TIZON, DIRECTOR DE LA ACADEMIA DIPLOMATICA DEL PERU

SEÑOR EMBAJADOR LUIS MACCHIAVELLO AMOROS

SEÑORA EMBAJADORA ROSA ESTHER SILVA,  DOCTORA CECILIA PASTOR VIUDA DE MARCHAND

SEÑORES FUNCIONARIOS MIEMBROS DE LA PLANTA ORGÁNICA

QUERIDOS PROFESORES, COLEGAS Y AMIGOS DE LA PROMOCIÓN ALBERTO ULLOA SOTOMAYOR

 

Quisiera en primer lugar agradecer la gentileza del Director de la Academia Diplomática por acogernos esta tarde en una ceremonia de significado tan singular para quienes integramos la promoción “Alberto Ulloa Sotomayor”, nombre que seleccionamos evocando al brillante diplomático e internacionalista quien fuera el primer Director de esta casa de estudios.

En esta ocasión queremos dejar testimonio de nuestro aprecio, agradecimiento y renovado compromiso con el Servicio Diplomático de la República y la carrera que abrazamos cuatro décadas atrás. Agradezco asimismo a mis queridos colegas y amigos de la promoción, por permitirme decir estas breves palabras que espero lleven el sentir de todos nosotros.

En estos 40 años, mucha agua ha corrido bajo el puente. Y empecemos por esta casa, nuestra Alma Mater; no estamos más en la antigua sede del Jirón Junín 421, donde nos iniciamos en el derrotero que nos llevó a integrarnos al Servicio Diplomático de la República, institución encargada de la defensa y la promoción de los intereses internacionales de la Nación. De sus aulas no solo obtuvimos un título profesional, a la par de nuestra incorporación al escalafón, accedimos más bien a un indeclinable compromiso de vida al servicio del Perú.

Nos alberga ahora este magnífico local del que goza la Academia Diplomática gracias al gesto de desprendimiento y generosidad del distinguido y recordado Embajador Don Igor Velásquez. Nuestra Academia lleva, además, el nombre de uno de los diplomáticos y hombres públicos más ilustres de nuestra Patria, el Embajador Javier Pérez de Cuéllar.

Es sin embargo, de justicia recordar a quienes guiaron nuestros primeros pasos en tan fascinante experiencia. En esa época, mitad de la década del 70,  el ciclo de formación comprendía tres años de estudios. Recordamos pues con gratitud y afecto a quienes tuvieron la responsabilidad de dirigir la Academia Diplomática durante ese período, los Embajadores Eduardo Valdez Pérez del Castillo, José Alvarado Sánchez y René Hooper López, como también a los colegas mayores que integraron la Planta orgánica, entre ellos el distinguido Embajador Luis Macchiavello Amorós, quien amablemente nos acompaña esta tarde.

Cómo no recordar asimismo entre ellos al entonces Ministro Guillermo Nieto Heredia, quien además de amigo cercano, fue un hermano mayor que guió nuestros pasos y alentó nuestras inquietudes con rigor e imaginación; y a los profesores, algunos de quienes nos acompañan esta tarde, la Embajadora Rosa Esther Silva y la Dra. Cecilia Pastor viuda de Marchand, presencia que agradecemos muy sinceramente. Y entre ellos tuvimos también el temprano privilegio de contar con el entonces joven Primer Secretario Allan Wagner Tizón, quien nos introdujo magistralmente en el complejo mundo de la economía internacional. Nuestro más profundo y sincero aprecio a todos ustedes.

Fuimos 32 los aspirantes que ingresamos a la Academia en 1975. El grupo se fue decantando y egresamos 27 jóvenes secretarios, siendo inscritos en el Escalafón del Servico Diplomático de la República a partir del 1 de enero de 1978. Recibimos con orgullo y júbilo nuestros diplomas en diciembre de 1977 y días después estábamos iniciando nuestras labores como flamantes terceros secretarios de Cancillería en los antiguos locales de - tan grata recordación - como el edificio Beytia, algunos en la Casa Aspíllaga y otros, más afortunados, en Torre Tagle. No puedo dejar de recordar asimismo a tres distinguidos colegas y entrañables amigos y miembros de nuestra Promoción,  Beatriz Molina Cabala, José Carlos Dávila Pessagno y Carlos Pajares Castellanos, quienes ya no están con nosotros. Nuestro afectuoso recuerdo y sentido homenaje a ellos.

En estos cuarenta años, hemos sido testigos de un proceso vertiginoso de cambios en el escenario internacional, cuya profundidad y velocidad son inéditas en la historia de la humanidad. Nada ha escapado a este proceso. No pretendo en absoluto hacer un recuento de tan complejo fenómeno. Me limitaré a señalar que hemos visto el derrumbe de sistemas políticos que parecían estar escritos en piedra en los viejos textos de los que nos nutrimos; la revolución tecnológica y la globalización han dado paso a un mundo cualitativamente distinto, se han sucedido cambios inimaginables en la naturaleza de las relaciones internacionales con el surgimiento de nuevos actores y nuevos centros de poder político y económico. En suma, una transformación sin precedentes que plantea retos formidables para nuestro quehacer de diplomáticos.

En todos estos años, el Perú no ha sido ajeno a este proceso de transformaciones. Y nuestra institución, cuerpo profesional al que el Estado ha confiado la conducción de la política exterior a través del Ministerio de Relaciones Exteriores,  ha estado a la altura y a la vanguardia de importantes procesos en la permanente defensa la promoción internacional de nuestros intereses como Nación.

En estas cuatro décadas, el Perú y su diplomacia han transitado un largo camino, buscando espacios ampliados de cooperación, reafirmando nuestra indeclinable vocación como Estado serio y responsable en favor de la paz, la seguridad y el respeto del Derecho Internacional, alcanzando posiciones de liderazgo en complejas negociaciones globales en áreas tan variadas como el derecho del mar, el ordenamiento del comercio internacional, la defensa de la democracia y la protección del medio ambiente; el Perú en los años de nuestro paso por el Servicio Diplomático ha participado activamente, además, en diversos esfuerzos de integración y cooperación, desde la creación de la Comunidad Andina, pasando por los primeros esfuerzos y mecanismos de concertación y coordinación política  regional; la vigorosa proyección hacia el Asia-Pacífico que tantos beneficios económicos y comerciales nos ha deparado, hasta llegar a una de las iniciativas más audaces y efectivas de integración regional, la Alianza del Pacífico -idea gestada y llevada a cabo por integrantes del Servicio Diplomático de la República - y a metas aún más ambiciosas a futuro, como nuestra plena incorporación a la OCDE.

Correspondió a generaciones de brillantes diplomáticos, entre ellos el ilustre ex Canciller Alberto Ulloa, cuyo nombre orgullosamente lleva nuestra promoción, y a tantos otros trabajar en la definición de nuestra heredad territorial, proceso que se prolongó hasta la primera mitad del siglo pasado.

Sin embargo, durante nuestras cuatro décadas como miembros del Servicio Diplomático, hemos vivido también episodios singulares, como la experiencia de ser parte del exitoso esfuerzo para llevar a un distinguido peruano a dirigir el organismo internacional más importante del planeta, las Naciones Unidas; el   proceso de paz de Brasilia, que cerró un largo ciclo de desencuentros con el Ecuador; o la definición final de nuestras fronteras marítimas, primero con ese país, en mayo de 2011, y posteriormente el largo proceso ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya para la delimitación de nuestra frontera marítima con Chile, que derivó en el histórico fallo del 27 de enero de 2014, acaso uno de los más extraordinarios logros diplomáticos y jurídicos en la historia del Perú. Y una vez más, nuestro ilustre Director de la Academia Diplomática, el Embajador Allan Wagner Tizón, estuvo al frente de tan elevada responsabilidad llevando a buen puerto el que ha sido quizás el más delicado encargo que le ha confiado el Estado en su vasta trayectoria profesional.

En estos cuarenta años hemos afianzado nuestro compromiso con la institución a la que nos debemos, y hemos entregado también buena parte de nuestras vidas, con no pocos sacrificios personales y familiares. Y esto es parte indesligable de la responsabilidad que asumimos al juramentar como nuevos miembros del SDP, allá en el lejano diciembre de 1977.

Son muchos y muy gratificantes, seguramente,  las experiencias y los recuerdos acumulados por cada uno de nosotros en cuatro décadas de trayectoria dentro del Servicio Diplomático: La emoción de nuestro ingreso a la Academia Diplomática, la camaradería y amistad sincera – que  distingue a nuestra promoción - que fue forjándose en los tres años de estudios; la enorme satisfacción que compartimos el día de nuestra graduación; las primeras promociones en un época en las que los ascensos eran comunicados por mensajero al domicilio de los funcionarios – debo decir, en procesos más breves y menos complicados que los actuales – la ilusión con la que asumimos nuestra primera designación al exterior, hasta las responsabilidades cada vez mayores que poco a poco nos tocó desempeñar, entre las que se cuentan los más altos cargos en la Cancillería. Cada quien desde sus respectivas tareas y responsabilidades, al margen de nombramientos y categorías,  ha puesto lo mejor de sí en el cumplimiento del deber y en el ejercicio de nuestra profesión respaldados, en gran medida, por la sólida formación que nos proporcionó la Academia Diplomática. Llevamos pues con orgullo la impronta de nuestra pertenencia a esta casa.

Concluyo con este mensaje: la importancia de tomar conciencia desde el inicio de nuestra carrera sobre el significado y responsabilidad que nuestra condición de diplomáticos nos asigna, y que es, antes que todo, la de ser servidores del Estado. Y eso implica tener como primera prioridad la defensa de los intereses permanentes del Perú en una dimensión trascendente que va más allá de lo inmediato y que se proyecta hacia nuestra esencia como Nación.

Renovamos en esta sencilla ceremonia, señor Director, nuestro compromiso con la institución a la que pertenecemos con orgullo. Y le agradecemos una vez más por permitirnos, a través de la placa que entregamos esta tarde, dejar testimonio de nuestro reconocimiento a la Academia Diplomática, con afecto y gratitud.

Muchas gracias.