Palabras del Embajador José Eduardo Ponce Vivanco, al asumir el cargo de
Rector de la Academia Diplomática del Perú

San Isidro, 20 de Mayo de 2010

Pocas responsabilidades son tan trascendentales como la de educar y formar personas y profesionales, especialmente si su destino es el servicio a la Nación. Que se me haya encomendado la dirección de esta casa implica, por tanto, una demostración de confianza que aprecio y espero no defraudar.

He dedicado mi vida a esta carrera con pasión, honestidad y entereza en la expresión de mis certezas y la defensa de mis convicciones.  

La primera de ellas es que el principio rector de nuestra profesión es el interés nacional, al que el diplomático está ligado de manera esencial. Es así porque nuestra carrera se relaciona íntimamente con la entidad permanente del Estado y con el objetivo de engrandecer el poder de la Nación. Nuestra herramienta para lograrlo debe ser una política exterior que responda a las exigencias, desafíos y oportunidades de un entorno internacional ajeno y cambiante,  que ahora se encuentra en profunda transición.  

Como agente de la acción externa del Estado, el diplomático  debe ser capaz de observar con perspicacia las relaciones de poder, a fin de anticipar   las tendencias que se dibujan en el horizonte. Pero también debe estar entrenado para aplicar su sentido crítico al análisis objetivo de los hechos y decisiones que han determinado la  ubicación del Perú en el concierto internacional en comparación con la de otros países  --  especialmente aquellos a los que estamos más intensamente vinculados por la geografía y por la historia.

Me refiero naturalmente a un análisis  académico y riguroso, que debe privilegiar los resultados perdurables; no los enunciados o buenas intenciones y menos aún las apologías autocomplacientes, inútiles para moldear profesionales capaces de aportar lo que el país necesita de ellos.   

La adulación, el formalismo, la visión poco objetiva del rol de nuestra diplomacia en la historia, la tendencia a la mitificación de las personas y la tentación a exagerar el valor de « la imagen », la conciliación fácil o el beneficio inmediato, son peligros inherentes a todas la diplomacias del mundo  --  que la nuestra debe evitar.  

Me gratifica que fuera de nuestros muros  --  sea en el exterior o en el Perú -- se hable de las virtudes profesionales de la diplomacia peruana, pero no concuerdo con que esas loas provengan de nosotros, como ocurre tan frecuentemente.    No es la actitud autosuficiente, si no el rigor de la exigencia y el sentido crítico lo que formará diplomáticos competitivos en el mundo de nuestros días.     

Yo pertenezco a una de las primeras quince promociones de esta Academia y, con franqueza, me es difícil ponderar cuánto ha pesado en mi formación,  a pesar que entre mis profesores se encontraban catedráticos universitarios  notables como Mario Alzamora Valdez y Raúl Ferrero Rebagliatti.  

En los últimos veinte años  -- antes y después de la violenta crisis económica desatada en setiembre de 2008 -- la vida internacional se ha hecho mucho más compleja y dinámica, precipitando los cambios que venían gestándose en el equilibrio del poder mundial. Mencionaré un hecho casi anecdótico que ilustra la velocidad y la profundidad de estas transformaciones.  Para quienes entramos a estas aulas hace ya varios lustros se hace cada vez más difícil distinguir las huellas de ese mundo bipolar, todavía cercano, que por un período históricamente efímero, pero geopolíticamente trascendente, determinó nuestras percepciones y alentó teorías sistémicas con una ilusoria vocación de pervivencia.    

Es ilustrativo recordar, por ejemplo, que de nuestras dudas recientes sobre la verdadera relevancia de la diplomacia frente al rol menguante del Estado en la década de los años noventa, hemos pasado bruscamente a una realidad en la que el buen funcionamiento del mercado exige la presencia de ese Estado a través de gobiernos que sean capaces de garantizar la libertad, la justicia, el orden, la seguridad y la competencia ;   gobiernos que respeten y hagan respetar el estado de derecho y la estabilidad de las reglas de juego que caracterizan a las democracias que crean prosperidad e igualdad de oportunidades para los ciudadanos.  

Mas allá  del plano económico,   cada día más gravitante como factor de poder para el futuro de cualquier nación,  la función del diplomático habrá de adecuarse a las demandantes exigencias de sociedades presionadas por problemas globales de pronóstico reservado, que pocos habrían podido imaginar un siglo atrás.  

En este cuadro quiero destacar dos vertientes particularmente importantes en nuestro quehacer. Me refiero a la cooperación y el comercio internacional:    

No hay institución estatal o regional que no tenga una división u oficina encargada de gestionar el apoyo de otros países y organizaciones no gubernamentales. Hemos sobrepasado largamente la época en que las cancillerías podían o debían intermediar en esos procesos.   Lo que ahora se reclama de la diplomacia es asesorar,  facilitar y, en lo posible, corregir los emprendimientos internacionales espontáneos de  sectores estatales o de autonomías regionales.  

Sin embargo, para estar en condiciones de hacerlo, no basta con la simple presencia de un diplomático. Lo que realmente cuenta es su solvencia profesional, su entereza y su poder de persuasión. Es decir, su formación y los dilemas que plantea. Son numerosas las diplomacias que enfrentan la disyuntiva de optar por la generalidad o por la especialización propia del experto.   ¿Debemos preferir la amplitud de  visión o la exactitud y el dominio temático que corresponden  a las competencias sectoriales? ¿Como complementar pragmáticamente esas aproximaciones en apariencia excluyentes?  

Ese dilema y sus derivaciones nos llevan también a inquirir sobre la relevancia de nuestras competencias actuales y sobre la visión que tenemos de nuestra propia carrera en función del interés nacional;   o, dicho a la inversa, sobre lo que el Perú espera de su diplomacia y de sus diplomáticos.   

Son inquietudes fundamentales que plantean preguntas íntimamente relacionadas con la forma en que dilucidemos los límites borrosos entre nuestra función y competencias, y aquellas que corresponden, por ejemplo, a quienes   tienen el cometido   estatutario  y la capacidad profesional de manejar las negociaciones comerciales y económicas internacionales.   

Al tomar posesión de esta responsabilidad directiva en la Academia he considerado del caso mencionar  algunas  preocupaciones que he querido compartir con los alumnos de esta casa de estudios y formación, no solamente profesional sino humana y deontológica.   

El Perú  tiene derecho a esperar lo mejor de sus diplomáticos  y eso no puede provenir sino del  análisis crítico, la dedicación, la ética y la vocación de servir al país desde esta fascinante profesión.   

Espero contribuir a que lo consigan en el futuro que los aguarda.

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